Existe la mínima posibilidad de que pueda ser feliz. Sé que existe. También sé que en muchos casos me empeño en evitarlo a toda costa, porque considero que el panorama no está tan mal como lo pinto. En muchos casos me doy cuenta de que lo que yo cuento de mi situación y lo que realmente pasa, tal y como yo lo veo después, difiere muchísimo. Así que puede que sea una mentirosa compulsiva, quién sabe.
Lo cierto es que en más de una ocasión he contado algo a alguien sobre mi familia, y luego me he dado cuenta, por la reacción de la otra persona, de que en el fondo no es tan malo lo que me pasa, tan sólo es un caso más de una familia normal, aunque los demás no puedan verlo. Y en más de una ocasión me han dicho que mi visión del mundo está distorsionada. Pero lo cierto es que, si yo le contara a mi madre lo que cuento por ahí, me diría que, por un lado, los trapos sucios se lavan en casa, y por el otro que ella no es como yo la pinto. Igual tiene razón.
Todo lo que sé es que sería más fácil replegarme en mí misma y decir que no quiero hacer ese viaje, que no quiero pasar ese fin de semana, que prefiero romper con todo y quedarme en casa porque la familia es para siempre y lo demás es pasajero. Y he visto que, en realidad, la familia tampoco es para siempre, y lo he sufrido en mi casa. Si elijo lo que ellos no quieren que elija, los perderé para siempre. Si elijo lo que ellos quieren para mí, seré infeliz. Y no sé ser egoísta.
Tampoco se me dio bien nunca tomar decisiones sin consultarlas. No sé hacerlo. Todo tengo que consultarlo, y para todo necesito aprobación. Me estoy dando cuenta de lo complicada que es mi vida...
Y sí, este blog se ha convertido en una especie de paño de lágrimas virtual, pero también sé que poca gente lo lee, así que me da un poco igual.